19.12.16

7. Bolivia: Rumbo al Rally Dakar en Uyuni

Uniendo el Lago Titicaca y Uyuni en una sola jornada.

Grupo de nuevos amigos bolivianos rumbo a Uyuni
Después de superar las protestas sobre la Ruta 2 y salir de la ciudad de El Alto con rumbo, inicialmente a Oruro, lleno el tanque de combustible por primera vez al precio oficial para los extranjeros. En Bolivia la gasolina es subsidiada para los locales. Un ciudadano boliviano paga aproximadamente 3.5 pesos bolivianos/litro, unos  $6.500 COP/ galón, un poco mas de 2 dolares/gl,  mientras que para un vehículo extranjero la tarifa es de aproximadamente 8.5 bolivianos/litro. Mas o menos unos $16.000 pesos colombianos/ galón

Ni modo. Si quiero conocer Bolivia, el Salar de Uyuni y estar en una etapa del Rally Dakar, tendré que asumir el costo que eso supone. En el fondo, no me importa.

Al salir de la estación de servicio, veo orillada en la berma,  una persona en moto, con maletas y una bandera de Bolivia. Lo abordo, me presento y pregunto por su destino. 

-Vidal, me responde. 

Dice que está esperando a unos amigos que también vienen en moto, cuatro en total, y que van para Uyuni, a la espera del Rally Dakar. Inicialmente mi plan era quedarme en Oruro y salir temprano para Uyuni, pero viendo la oportunidad de viajar acompañado, decido unirme a la caravana de nuevos amigos bolivianos y viajar directamente y sin escala hasta la ciudad por donde pasaría la competencia.

Esta sería, hasta ese momento, la jornada mas larga con 606 kilómetros. 
Pasando por Oruro. Al fondo la escultura "Casco del Minero"

Durante el recorrido paramos a almorzar en un restaurante o "pensión", como escuché que le llamaban. Igualmente hicimos varias paradas para recargar combustible. Julián, uno de mis nuevos amigos bolivianos, hizo que infiltrara mi moto en el grupo de motos bolivianas, con el fin de solicitar una sola factura y no tener que pagar la tarifa plena para extranjeros. Detalle que le agradecí y que se repetiría un par de veces durante el trayecto. Íbamos a un ritmo tranquilo, sin afán, hacíamos muchas paradas. A nuestro paso por Oruro, se unieron a la caravana otras cuatro personas en dos motos. 

Empezaba a hacerse tarde y paramos nuevamente a comer. Mientras nos preparábamos para continuar, Vidal me ofreció hoja de coca, ya que permite mejorar la atención y distraer un poco el cansancio. No se trata de masticar las hojas, sino de acomodarlas entre la mejilla y las encías, e ir tragando el zumo amargo que van desprendiendo.
Atardecer en el altiplano

Se hizo de noche, y todavía faltaba mucho para llegar a destino. Paramos en Challapata y ahí nos dimos cuenta que todavía faltaban 200 km de ruta nocturna. Afortunadamente la carretera estaba en buen estado, salvo unos siete kilómetros que estaban en construcción, en donde predominaba una arena muy fina que hacía serpentear la moto, con intenciones de tumbarla. Logro salir invicto de ese infierno, que por un momento pienso que se extenderá por los siguientes cien kilómetros que todavía faltaban. Julián no cuenta con la misma suerte y en un tramo de arena humedecida por unos camiones cisterna, que hacer parte de la obra, cae con su moto, afortunadamente sin consecuencias.
Tramo de carretera inestable

Había mucho tráfico de vehículos que también querían llegar a Uyuni, además porque el rumor era que cerrarían algunas vías, como parte de la organización, por lo que si se esperaba llegar al día siguiente, se correría el riesgo de perderse la carrera.

Por fin llegamos a Uyuni, finalmente a media noche y sin certeza de dónde acabaríamos de pasar el resto de la madrugada. La ocupación hotelera estaba full, y las carpas armadas en los andenes, era el común denominador. Sin embargo en la ciudad había un amigo, de un amigo de Julián, que nos podía ofrecer alojamiento. Nuestro anfitrión no se molestó al llamar a su puerta a pesar de la hora. Pero había un inconveniente. Éramos siete, ya que dos de nuestros amigos moteros decidieron armar la carpa en la calle. Solo había una cama. Era una casa pequeña con muros y pisos en tierra, el polvo se percibía con facilidad en el ambiente. Nos acomodamos como pudimos, unos en la cama y otros, como yo, en el piso. No había forma de abrir la carpa, solo usé el aislante térmico tendido en el piso. Para entonces ya eran las 2:00 am y la idea era salir temprano al paso de la competencia.

Si dormí media hora, fue mucho. El frío que entraba por las rendijas de la vieja casa no me permitía conciliar el sueño. A las 5 a.m. nos levantamos y salimos al tan anhelado encuentro con el Rally Dakar. No había tenido tiempo de mirar la programación, hacía mucho tiempo no tenía internet, así que simplemente seguí al grupo de bolivianos, confiando en que ellos sí sabían adónde nos teníamos que dirigir. Al ser un grupo tan numeroso, rápidamente nos dispersamos entre las calles de Uyuni. Solo quedé acompañado por dos motos. Era un caos total de carros y motos intentando ubicar un buen sitio para ver el paso del rally en medio de una planicie desértica sin caminos marcados. Supuestamente nuestro destino era el Salar de Uyuni, pero en medio de la confusión decidimos seguir a una fila de vehículos, con la esperanza de que sus conductores sí supieran adónde ir. Desembocamos en una carretera amplia pero de arena muy fina con una flecha que indicaba "Tupiza". Yo ya estaba familiarizado con el mapa, y supe que Tupiza está al sur de Uyuni, pero el Salar, lugar al supuestamente íbamos, está al norte. Sin embargo continué en la caravana durante varios kilómetros, sufriendo por el temor a una caída, ya que por momentos la arena hacía mover la moto. A la orilla del camino, en medio de ese desierto altiplano, había gente y una carpa armada. Eso me dio un poco de moral. Pero seguíamos avanzando y no llegábamos a ninguna parte. Recordé entonces un porgrama de NatGeo, que se llama "Juegos Mentales", en donde muestran qué tan influenciable son las personas a través de experimentos, haciendo que repitan lo que otros hacen. Así que decidí detenerme y mirar el mapa. En ese momento uno de mis acompañantes iba adelante, el otro que viajaba detrás, se detuvo a mi lado. Le mostré mi celular con el mapa y le indiqué, que de ninguna forma, nos dirigíamos a Salar 

- Yo me devuelvo. Le dije.

Él decidió continuar. Yo parecía un salmón nadando contra la corriente, devolviéndome solo a Uyuni, mientras una larga fila de vehículos en sentido contrario, se dirigían a no sé dónde. Luego me enteré, al pasar nuevamente por el sitio en donde estaba armada la carpa, que se dirigían a la llegada de la etapa especial de ese día, mas o menos a unos 15 kilómetros. Estaba cansado, casi sin dormir y como una cucaracha de panadería, por el polvo que levantaban los carros. Algunos al verme, creían que ya estaban llegando los pilotos, fue muy gracioso. No tenía intenciones de devolverme.

Regresé a Uyuni buscando ducharme, descansar, comer algo y esperar la llegada de la carrera en el centro de la ciudad. Pero estaba todo hecho un caos. Calles cerradas, obviamente por temas de logística de la organización. Para completar, no encontraba la casa en donde había dejado mis cosas. No tenía una dirección, ni un número de teléfono, ni un nombre por quién preguntar. La única referencia eran unos rieles de tren que pasan frente a la casa. El centro de Uyuni, específicamente la plaza, es agradable, pero los alrededores son casi que deprimentes. Se evidencia mucha pobreza y el paisaje es idéntico: pequeñas casas en tierra en medio de calles polvorientas. Pero lineas de tren no deben haber muchas. Finalmente, y después de mucho dar vueltas, di con la casa. 

Realmente los anfitriones eran muy amables, a pesar de sus limitaciones. No había ducha, pero me facilitaron un balde con agua para lavarme la cara y los sobacos. No había inodoro, pero había una letrina, un hueco en el suelo con una base plástica alrededor y unas útiles huellas antideslizantes para evitar un accidente. La verdad, preferí no usarla. 
Llegada de los pilotos


Se escuchaba una voz que hablaba por micrófono. La tarima de llegada de los pilotos estaba cerca. Me cambié de ropa y me dirigí al centro. Empezaron a llegar  carros y motos con los pilotos que desde hacía años solo veía por televisión. Uno de ellos, el español Carlos Sainz, abrió la puerta de su vehículo justo al frente mío.
Carlos Sainz, piloto español
El espectáculo que siempre ha ofrecido Roby Gordon, la caída del piloto local "El Chavo" Salvatierra justo en la llegada a la tarima hicieron parte de la fiesta. Unos pasaban de largo y muchos otros saludaban al público llevando la bandera de Bolivia, inclusive bajándose de sus máquinas y tomándose fotos con los niños. Era una autentica fiesta y todavía no estaba consciente de que mi sueño se estaba haciendo realidad. 



Llegada de los pilotos a Uyuni


Pilotos se toman fotos con los niños

Mas tarde me reuní nuevamente con los muchachos bolivianos, con quienes planeamos salir de Uyuni antes de la media noche, con el fin de evitar el cierre de las vías, para acampar en el salar, desde donde partiría la siguiente etapa. Pero uno de los eventos programados para esa noche en Uyuni, en el marco de la fiesta Rally Dakar, era la presentación de un grupo de música andina local llamado "Kalamarca", que son como los beatles de Bolivia. Ellos estaban muy entusiasmados. Decidí quedarme en el concierto y aprender un poco de sus gustos musicales. Allí me invitaron a probar sucumbé, una bebida alcohólica, que se toma caliente, preparada a partir de singani, una especie de aguardiente de uva, con leche, canela y azúcar. En un fogón de leña, en la calle, en una olla grande, una señora prepara el sucumbé y nos lo sirve en vasos plásticos con pitillo. Tiene un sabor dulce muy agradable y el sabor a licor, si acaso se percibe. Al servirse caliente contrarresta muy bien el frío que hace a los 3.600 metros de altitud que tiene Uyuni, pero hay que tener cuidado, porque puede emborrachar muy fácilmente. Los muchachos bolivianos están muy emocionados disfrutando del concierto, así como el resto del público, entre los que se encuentran algunos, sufriendo ya, los efectos del sucumbé.
Intentando encontrar un sitio para ver pasar la carrera.

El plan inicial de acampar en el salar, se desbarata. Era ya media noche y no había mas opción que regresar al pequeño cuarto con paredes y piso de tierra, en donde dormiríamos hacinados. En esta oportunidad, saqué el sleeping y dormí mucho mejor. Unas tres horas a los sumo, porque igualmente nos levantamos temprano con la esperanza de encontrar las vías habilitadas. Rápidamente las esperanzas decayeron, al encontrar las vías cerradas por parte de la policía. La única opción, era dejar las motos en uno de esos retenes, y caminar aproximadamente durante media hora, hasta donde ya  se veía la estela de polvo que dejaba la competencia. Algunos vehículos se atrevieron a cruzar sin permiso, abriéndose camino a través del desierto altiplano, quedando encallados en la arena.
Cerca de la base de estos picos nevados pasaba la carrera, y hasta allí, iríamos caminando.



Finalmente, llegamos al encuentro de la carrera. Nuevamente era una fiesta. La gente ondeaba sus banderas bolivianas con orgullo. Sabían que eran el centro de atención. 

Uno de los propósitos de este viaje era no solo vivir de cerca la competencia a motor mas exigente del mundo, sino también apoyar a Juan Esteban Sarmiento, mas conocido como "Chilo", piloto de la ciudad de Pereira quien viene participando desde hace algunos años en el Dakar, con muchas dificultades económicas y de patrocinio. Tengo colección de casi todas las camisetas que saca cada año para poder financiarse. El evento casi siempre me llamó a atención, por tratarse de la competencia a motor, mas difícil del mundo, pero me interesó aún mas, cuando desde 2009 empezó a correrse en América del Sur, por las amenazas terroristas de grupos extremistas. Originalmente la carrera se realizaba entre París y Dakar, capital de Senegal, en Africa, con algunas leves modificaciones. Y me interesó aún mas cuando supe que había representación colombiana en un evento relativamente poco conocido en el país, y mas aún, cuando uno de estos representantes  vivía en mi ciudad natal. Por eso y por su perseverancia, determinación y disciplina, Chilo se convirtió en un referente digno de admiración.
Juan Esteban Sarmiento, Chilo


Ya había tenido la oportunidad de conocerlo personalmente. En ese momento, al contarle sobre mi proyecto de recorrer suramérica en moto, me recomendó hacer muchos kilómetros para acostumbrar el cuerpo. Y varios años después, estaba ahí, apoyándolo in situ. 


Motos, cuatrimotos, autos y camiones. Son las categorías de la carrera


Pasaban autos, motos, cuatrimotos, y no lograba ver a Chilo. De repente alcanzo a divisar en un piloto que venía de pie sobre su motocicleta, una imagen que en su pecho decía "Aserpa", fiel patrocinador durante sus participaciones, y esa fue la prueba inequívoca de que se trataba de Juan Esteban. No se si me habrá escuchado pero único que atiné a gritar a su paso fue: 

-¡Vamos Chilooooo!




Fue solo un segundo, pero valió la pena.


Finalmente los camiones terminaron la etapa de ese día y con ellos un sueño cumplido.

Los camiones cerraron la etapa de aquel día.



Resumen Bolivia


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